Pabellón patrio


Pabellón patrio, de Luis Pereira


por Esteban Moore


Luis Pereira, con Pabellón patrio, se zambulle en las calmas aguas de la lengua y la palabra, encrespándolas, a su pesar. Las olas que produce no anunciarán el viento y la tempestad, todo lo contrario. De esto se encarga el subtítulo del libro, que nos permite deducir que el poeta no desea agitar esas aguas en las que se lanza, pues ante la imponencia del título Pabellón patrio, agrega a renglón seguido, “serie de relatos íntimos”, limando, esmerilando, todo atisbo de majestuosidad que aquel nos pudiera sugerir.


La primera pregunta que nos debemos hacer respecto de esta cuestión es: ¿qué significa lo íntimo para Pereira? Pues en este conjunto de textos no hallaremos “lo íntimo” en los términos a los que nos tienen acostumbrados todos aquellos, poetas y narradores, que practican lo que el ensayista argentino Daniel Fara denomina una “ensimismada monoideativa escritura memorialista”, producto esta, en muchos casos, de los excesos del yo o de la escasez de experiencias; me refiero particularmente a la experiencia poética, el proceso de lectura y reescritura inherente al acto creativo, la visita regular e higiénica a las musas que nos aguardan en polvorientos volúmenes en cualquier biblioteca, personal o pública.


Lo íntimo para Luis Pereira nada tiene que ver con lo ‘confesional’, con los ‘sucedidos’ de su vida diaria, cotidiana, más bien se relaciona con la puesta en escena de una dicción, de un modo de enunciar. La construcción de un lenguaje común a nuestras emociones que se constituye en un espejo de indeterminadas proporciones, en el cual podemos vernos reflejados; incorporándonos, en tanto lectores circunstanciales, a su complejo universo poético.


El lenguaje será entonces su máscara, lenguaje en el que no abundan los vanos artificios, en el cual la utilización del habla coloquial estructura una retórica personal y un tono en el que es perceptible el timbre de voz del poeta. Jorge Luis Borges dice al respecto en El idioma de los argentinos cuando se refiere a los que él denomina sus mayores: El tono de su escritura fue el de su voz; su boca no fue la contradicción de su mano... su decirse criollos no fue una arrogancia orillera ni un malhumor. Escribieron el dialecto usual de sus días... No precisaron disfrazarse de otros ni dragonear de recién venidos para escribir.” Asimismo, este procedimiento es amplificado con la inclusión de cines y clubes barriales, hoteles baratos, los nombres de pueblos del interior y de las calles de Montevideo, que atraviesan la bruma de la memoria, infiriendo que nuestras pequeñas historias domésticas (individuales) habrán de marchar como siempre lo han hecho, a contrapelo de la Historia: “ los inviernos del Río de la Plata / hoteles de poca monta / música de boleros / las calles que invariablemente mueren en / el Río de la Plata.”


El humor y la ironía atraviesan las páginas de Pabellón patrio, desnudando la opaca realidad de nuestros días. La vida de los habitantes, no ya de un país o de una región - Río de la Plata- a la cual el autor rinde tributo lingüístico, sino de una geografía mayor, se revela de manera inconfundible. La cultura que supimos conseguir en estos tiempos globalizados, apuntalada por los medios masivos de comunicación y la diabólica televisión por cable, le permiten ejercer con aguda sutilidad su mordacidad: “La felicidad es ver el canal de la Fox/ y a veces la señal cultural.// Los de la funeraria esperan por nosotros/ Buenos Vecinos.”


Y, respecto de su propio oficio que ejerce con rigor, nos dice con el agobio espiritual de los que debemos soportar el estado actual de cosas: Una guerra más. /Cansa. // Sí Elder.// La poesía es asunto improductivo / Salvo por la resma de papel Fanaset 90 grs . / Introducida en la Hamada Star 700/ En la calle Juan Carlos Gómez.”


En su libro anterior, Manual para seducir poetisas (2004), el poeta da fe de su obsesión por las imágenes y de su interés en las cámaras fotográficas. Un verso “tu rostro prisionero de la / Kodak” nos da la pista de su tenacidad persecutoria respecto de este tópico que continuará desarrollando en Pabellón patrio. En el primer texto de la serie que conforma esta colección nos dice: “Siempre quise como Benavides escribir un libro sobre fotografías...” Sin embargo, es indudable, la imagen no es para Pereira una fotografía a color, copia fiel del hecho retratado. No es una reproducción sobre papel (negro sobre blanco) es más bien su negativo, contornos delineados en las sombras, trazos gruesos que dejan librados al azar los detalles que compondrá el propio lector. Él en realidad nos está proponiendo, en esta época donde hay un amplio predominio de los medios audiovisuales, un ejercicio de traducción, bajar las imágenes congeladas a palabras sobre el papel, tonificadas por la música de la lengua.


Aguas Dulces ¿Mil novecientos ochenta y siete?

La pequeña mira el ojo de la cámara

Una Yashica 35 mm

Las nubes cubren todo el resto de la imagen

Antes

Una toma del ochenta y cinco

La pequeña en brazos de la madre

Santa Teresa y Punta del Diablo

La madre ausente en los ojos de la niña

Alguien toma la foto



Las escenas de Pabellón Patrio se integran en un gran friso construido de diversos elementos y materiales poéticos y extra poéticos; un palimpsesto en el que el poeta escribe a cuatro manos ¿o es con la mano de otros? No hay respuesta cierta, pues en muchos casos las bastardillas que indicarían la intertextualización le pertenecen. El poeta estaría hablando consigo mismo ensayando distintos tonos de voz. Este es uno de sus atractivos, un modo renovado de integrarse a la tradición poética de la lengua, en el cual existe una medida y cuidadosa estrategia de ocultamiento de las fuentes.



En el siglo V el estudioso chino Liu Hsieh creó el término “amari no kokoro” traducción al alfabeto fonético Kana de símbolos que significan ‘efecto posterior’. Éste definiría según la opinión de Liu Hsieh la verdadera calidad del texto, pues es el medio que le permitirá al ‘alma- corazón del poema llegar, extenderse, más allá de las palabras mismas’. Este proceso no es otra cosa que aquello que nosotros hemos definido como efecto poético, la emoción que se inicia con el encuentro de los sentidos. En Pabellón patrio Luis Pereira no solo logra el tan ansiado amari no kokoro”, sino que además nos brinda su propia versión del dictum de William Carlos Williams, “No idea but in things” -Ninguna idea, sólo en las cosas-: “el dispositivo/ la precisión del Castellano con el preciso acento de / las praderas de las Sierras de las Ánimas”.




Cinco motivos



Cinco motivos para escuchar Litoral, de Liliana Herrero.



1. Muestra un universo distinto a los que crecimos con el rock como único parámetro y pensamos que es el comienzo y el fin único e indiscutido de toda la música (“el rock no nos dejó pensar en otra cosa que no fuera rock, es imperativo”, leí por ahí).

2. Muestra un universo distinto a los que crecimos pensando que el folklore era esa música de viejos vinagres como la que escucha nuestra bisabuela, los chalchaleros o lo que suena en Sin Estribos.

3. Tiene una potencia y una sensibilidad difícil de encontrar en los discos de circulación medianamente masiva en la Argentina.

4. La voz de Liliana Herrero, que es capaz de hacer emocionar a una estatua de yeso.

5. Un repertorio (o track-list en su acepción palermitana) enorme, variado y sólido en lo conceptual.

El gusano máximo de la vida misma


Ella era gordita, petisa, tetona y vivía en Nueva York. Además era terriblemente distraída. Noten esto porque es importante para la historia. Hacía un calor espantoso y húmedo. La petisa trotaba por las calles sin bombacha. Pero no por puta sino por acalorada. Olvidé decir que tenía un culo de ésos. Sus glúteos, sin el vínculo férreo, sin el dique del calzón, anadeaban que era un gusto. Ver un culo así, de lo más respingón y que no es de uno, causa desazón en el espíritu. Era como el culo movedizo del Tandil. Tampoco tenía corpiño, pero esto porque se había olvidado de ponérselo. Ante cada taconeo (en este sentido era un SS) sus pechos viboreaban a derecha e izquierda, arriba y abajo. Se metió en el subte con intención de bajarse en tal o cual lado. Abrió La tierra baldía, de T. S. Eliot en la página 14 y se puso a leer apasionadamente. Luego de miles de minutos notó muy extrañada que en el subte cada vez había menos blancos y más negros. Al final sólo eran negros y ella la única blanca. Estaban en la calle 99 Oeste o más (ni sé). Era Harlem. Desesperada y haciéndose pis encima del miedo se bajó. Quería encontrar un taxi para que la sacara de allí. Pero no había taxis. Sólo tres negros hermosos, de pijas larguísimas, que la humillaron racialmente. «A esta blanquita nos la manda Santa Claus», dijo uno. «¡Qué pan dulce lleno de confites!», declaró otro al tiempo que la manoteaba por atrás moviendo su mano de abajo a arriba. Ella se desasió indignada. «Vamos a sodomizarla, brothers», proclamó de manera definitiva el tercero.

La petisa, con un gemidito de angustia, alcanzó a zambullirse en un taxi providencial.
Ya en su cuadra tuvo que recorrer varios metros antes de entrar a su edificio. Merodeando había tres sidacos aburridísimos equipados con jeringas descartables recicladas varias veces. «Qué lindo culo para pincharlo», dijo uno. «Vamos a meterle el HIV para que dé positivo en los análisis», declaró otro. «Rápido, que no se nos escape», proclamó juiciosamente el tercero y se abalanzaron loquísimos, revoleando jeringas como lanceros de Bengala. Ella trató de sacar las llaves, aunque sabía que no iba a tener tiempo de abrir. Pero tuvo la buena suerte de que del edificio justo en ese momento salía una vieja. De un manotazo la apartó, entró y cerró la puerta. La vieja quedó afuera con los sidacos, pero no creo que le haya pasado nada porque no era su tipo.

La petisa tetona y culona subió al ascensor jadeando aterrada. Ya en su departamento suspiró aliviadísima creyéndose a salvo. Grande fue su error, porque pegado al techo la esperaba el gusano máximo de la vida misma. Al monstruo le encantaban las gorditas tetonas. Eran sus predilectas. De un salto cayó al piso, cerca de la puerta, haciendo plop. En realidad bien hubiera podido caerle encima y violarla ahí mismo sin falta, pero antes quería jugar un poco con ella por razones de sadismo. Al ver un ser tan horrible, que le bloqueaba la salida, la gordita trastabilló torpemente. Supo que esta vez había perdido. Ella se corría un poquito a la izquierda y el gusano la correteaba hasta allí. Ella, gimoteando, se movía a la derecha y él, casi con ternura, como con amor, la bloqueaba. Ni siquiera intentó gritar pues sabía que era inútil. Ese era un lugar lleno de drogadictos y cornudos. El drogadicto espera a su dealer y el cornudo sólo está preocupado por las encamadas de su mujer, de modo que nadie le iba a dar bola.

El gusano máximo de la vida misma la fue arrinconando. En cierto momento la gordita chocó contra su cama y medio como que se recostó sobre ella. Momento muy esperado por el bicho, quien le saltó encima. La tetona gimoteó dulcemente. Se dejó hacer sin resistir, casi muerta de asco. El gusano, con una sorbida, le arrancó las ropas y se las tragó. Una vez que la tuvo completamente desnuda y a su merced, estiró dos pseudopodios con forma de ventosas. Con ellos le empezó a chupar las tetas: primero una, después otra, alternativamente. Hacía slurp, slurp. Aquello era asqueroso y erótico al mismo tiempo. Ya baboseada, un tercer pseudopodio se introdujo profundamente en su vagina. Pero aquel falo no era un operador lacaniano (o sí); no era propiamente una pija pija: era una máquina de vacío que al tiempo que entraba y salía vaciaba de aire la intimidad del útero para luego insuflar líquidos tibios. Así una vez y otra. Dos nuevos pseudopodios se introdujeron en su boca y en el ortex. La gordita, ya totalmente entregada, comenzó a gozar. ¿Qué remedio le quedaba si había perdido, la muy puta (distraída e histérica)? El pseudopodio del culo se hinchaba al entrar y se desinflaba al salir. Uno, dos, tres orgasmos anduvimos bien. Al cuarto la petisa pidió agua. «Basta, me vas a matar.» «Jodéte.» Cuando se desmayaba él la hacía volver a la conciencia. Al orgasmo número catorce tuvo un paro cardíaco. «Muerta soy. ¡Confesión!», como en las obras de Lope de Vega.
Después de comerse todo lo que había en la heladera y bañarse, el gusano máximo de la vida misma se fue.



Alberto Laiseca, El gusano máximo de la vida misma

1999



Roce y distancia (fragmento)


La llamada


La profundidad de un número telefónico/ desaparece en mi mano, en mi boca./ Tu voz, familiarmente/ desconocida, me recuerda/ a un cuerpo que nunca toqué.


***


Moscas en la pared./ La mirada emergiendo de los rincones/ como el giro de mis manos/ sobre el vacío de tu cuerpo.


***

Mientras vos trazás con tinta/ el mito de tus ojos/ yo desdibujo/ las manchas del mantel./ Restos acabados/ de otra historia mínima.




Escena secreta


Restos de voces flotan sobre este café tibio./ La noticia de tu nombre/ en la boca de otro/ es siniestra.


***


La entraña del diente./ El nervio/ de tu nombre./ Lo que llegando se va./ Roce y distancia./ Mi lengua recorriendo las palabras/ de tu boca, lo que nunca/ hemos dicho /en los giros del miedo.





por Facundo Giménez

Cinco motivos



Cinco motivos para leer Desgracia, de J.M. Coetzee.



1. Es sobrio, pulcro, limpio, parejo y contundente. Y así, sin sobresaltos, te deja sin aliento.

2. Convence de que algo tan trivial como echar cadáveres de perro a la caja de una camioneta puede tener una belleza mágica y rara.

3. Las primeras treinta o cuarenta páginas son desconcertantes. Las siguientes cien son desoladoras. El resto, tristes. Pero con mucha más onda que Sabato.

4. Muestra que los profesores universitarios de otros países tercermundistas pueden ser mucho más interesantes que los de acá, no porque sean muy distintos, sino porque nunca habla de paritarias, conflictos gremiales, concursos arreglados o concejos académicos.

5. David Lurie, el protagonista, nunca podría ser interpretado, en una eventual adaptación al cine, por ninguna de las opciones más esperables: ni Richard Gere, ni Michael Douglas ni Harrison Ford. Lurie es un triste a un nivel casi imperceptible.


Amigos


Era normal que llegaran al café de siempre y hablaran de las dificultades que cada quien había tenido en su trabajo. Tomaban asiento, pedían de beber y disfrutaban de la vista que el lugar ofrecía: las palmeras de la avenida permitían que la conversación se iniciara recordando el viaje que habían hecho a la playa diez años atrás, cuando estaban en el colegio y acababan de conocerse: estallaban en risas con la caída de Edgar, con la fogata que finalmente se encendió cuando ya habían consumido la comida fría y sólo había servido para contar historias, y de nuevo se reían porque la habían apagado orinando al día siguiente. Jesús lo hizo primero, dice Gerardo. No es cierto, replica Jesús, fue Esteban. Y entre las discusiones descubren que no importa quién haya sido. Edgar se levanta, se dirige al baño, y entonces Jesús recuerda que Elsa se fue con él después de la fiesta que organizaron un noviembre cuando Edgar había salido de la ciudad, sin saber, sin evitar, sin esperar que su amigo estuviera de ese modo con ella después de que todos lamentaran su ausencia, incluyendo ellos dos quienes hablaron de una posible relación que jamás existiría, y acordaron no decirlo, tratar de olvidar lo sucedido porque era injusto para Edgar. Era incómodo reconocerlo, así que lo mejor había sido olvidarlo, no hablar más aunque ese encuentro lo extrañaran por mucho tiempo, pero no había modo de cambiar las cosas, sólo seguir adelante, continuar con la vida y las sonrisas y los encuentros semanales en aquel café, quizá un recuerdo cuando le pregunta por ella, un mínimo recuerdo que se asoma queriéndose escapar, pero eso era todo.



por Josué Barrera

Terreno



Porque el silencio de un hombre es casi siempre

nada más que un terreno baldío.




Roberto Juarroz, Poesía Vertical

Adios


y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de sed intacta y sin raíces

cuando un hombre y una mujer que se han amado

se separan.



Enrique Molina, Alta Marea

(fragmento)



Veneno


En la cárcel me hice puto, drogadicto, me hice chorro, peronista, timbero, aprendí a pelear a traición, a partirle la nariz de un cabezazo a tipos que si los mirás torcido te rompen el alma, aprendí a llevar una púa escondida entre los huevos, a meterme las bolsitas con la merca en el ojo del culo, me leí todos los libros de historia de la biblioteca, porque no sabía qué hacer, me podés preguntar quién ganó la batalla que se te cante en el año que quieras y yo te lo digo, porque en la cárcel no tenés un pomo que hacer y entonces leés, mirás el aire, te aturde el ruido que hacen los grasas ahí encerrados, te envenenás, te llenás de veneno como si lo respiraras, escuchás a los bonchas contar siempre las mismas boludeces, pensás que es jueves y en realidad recién es el lunes a la tarde, yo aprendí a jugar al ajedrez, aprendí a hacer cinturones con el papel plateado de los cigarrillos, aprendí a cogerme a mi novia de parado en el patio, en el horario de las visitas, en una especie de carpita hecha con una sábana, en un costado, los otros internos te ayudan, si ellos también están con la señora y los pibes y se tienen que esconder para poder echarse un polvo, las minas son de fierro, se bajan los calzones, se te sientan encima, mientras los guanacos te espían, te gozan, se ríen de lo boludo y lo caliente que está uno, hombres grandes que no pueden coger, porque para eso te encanan, para que no puedas garchar, por eso te llenás de veneno, te tienen en una heladera, te meten en una jaula llena de machos y nadie puede coger, vos querés y te verduguean, o peor, te hacen sentir un mendigo, un croto, terminás hablando solo, viendo visiones.




Ricardo Piglia, Plata quemada

1997


Foco



Apagaste la tele

un rato

y miraste el cielo blanco

del techo

la espesa humedad

de la mancha

en el ojo



por Facundo Giménez


Hegel o Perón


Señoras, señores, su atención por favor: la sustancia es sujeto, el objeto es mediación y la mediación es objeto y las categorías del pensamiento son las mismas que las del ser. He dicho, carajo –trastabilla nuevamente, se rehace, agita vertiginosamente un dedo en alto y dice-: Un momento todavía. No he terminado. Quiero recordarles también algunas otras verdades, que no las dijo Hegel, sino otro viejo padre mío a quien todavía lloro en mis noches solitarias. Escuchen, compañeros: sólo la organización vence al tiempo, la acción política es una lucha de voluntades, la única verdad es la realidad y primero la Patria, después el movimiento y por fin los hombres. Y a no reírse, compañeros, porque todo esto es muy serio.


José Pablo Feinmann, Ni el tiro del final

1982



Decencia


Ya es hora de dormir. O bien de preguntarse si de verdad yo soy decente.



Antonio Di Benedetto, El silenciero

1964



Vos gritás No Logo


Vos gritás -¡No Logo!
o no gritás -¡No Logo!
o gritás -¡No Logo... no!

El gaucho insufrible


Cuando despertó, el vagón iba medio vacío y junto a él un tipo aindiado leía un cómic de Batman. ¿En dónde estamos?, le preguntó. En Coronel Gutiérrez, dijo el hombre. Ah, bueno, pensó el abogado, yo voy a Capitán Jourdan. Después se levantó y estiró los huesos y se volvió a sentar. En el desierto vio a un conejo que parecía echarle una carrera al tren. Detrás del primer conejo corrían cinco conejos. El primer conejo, al que tenía casi al lado de la ventana, iba con los ojos muy abiertos, como si la carrera contra el tren le estuviera costando un esfuerzo sobrehumano (o sobreconejil, pensó el abogado). Los conejos perseguidores, por el contrario, parecían correr en tándem, como los ciclistas perseguidores en el Tour de Francia. El que relevaba daba un par de saltos y el que iba en cabeza bajaba hasta el último puesto, el tercero se ponía en el segundo, el cuarto en el tercero y así el grupo cada vez iba restando más metros al conejo solitario que corría bajo la ventanilla del abogado. ¡Conejos!, pensó éste, ¡qué maravilla! En el desierto, por otra parte, no se veía nada, una enorme e inabarcable extensión de pastos ralos y grandes nubes bajas que hacían dudar de que estuvieran próximos a un pueblo. ¿Usted va a Capitán Jourdan?, le preguntó al lector de Batman. Éste daba la impresión de leer las viñetas con extremo cuidado, sin perderse ningún detalle, como si se paseara por un museo portátil. No, le contestó, yo me bajo en El Apeadero. Pereda hizo memoria y no recordó ninguna estación llamada así. ¿Y eso qué es, una estación o una fábrica?, dijo. El tipo aindiado lo miró fijamente: una estación, contestó. Me parece que se ha molestado, pensó Pereda. La pregunta había sido improcedente, una pregunta dictada no por él, de común un hombre discreto, sino por la pampa, directa, varonil, sin subterfugios, pensó.

Cuando volvió a apoyar la frente en la ventanilla vio que los conejos perseguidores ya habían dado alcance al conejo solitario y que se le arrojaban encima con saña, clavándole las garras y los dientes, esos largos dientes de roedores, pensó espantado Pereda, en el cuerpo. Mientras el tren se alejaba vio una masa amorfa de pieles pardas que se revolvía a un lado de la vía.



Roberto Bolaño, El gaucho insufrible

2003