El muchacho que reptaba por el piso de mi oficina y ese gigante semicalvo que parecía siempre incómodo bajo techo eran sobrevivientes de una raza en vías de extinción: los luchadores. El Troglodita era o había sido alguna vez en la cédula Cristóbal Toto Zolezzi, hombre de la troupe legendaria de Martín Karadagián por dos décadas. El otro, un pibe todavía, los restos maltrechos de un atleta excepcional malogrado años atrás, en un accidente aéreo absurdo. A los dos los había vista la semana anterior por televisión, anunciando su regreso espectacular:
-¿Vuelve otra vez Gigantes en el ring? Había preguntado el entrevistador.
-No. Ya está registrado ese título; somos los mismos pero ahora el espectáculo se llama Gigantes en la lona- había contestado Zolezzi.
-¿A quién se le ocurrió ponerle ese nombre?- dije ahora yo, mientras busaba mi agenda en el escritorio.
-Ya están hechos los carteles, los volantes…-argumentó el Troglodita-. Cambiarlo nos saldría mucha guita, Pirovano.
-Pero eso no es un nombre. Es un epitafio: Gigantes en la lona.
No me contestaron. De pronto escuche la voz aguda de Roperito:
La jornada de la mona y el paciente, de Mario Bellatín
Almadía, México, 2006
por Josué Barrera.
La sola aparición de este libro representa un reto en el mapa editorial de México al publicarse en la casa joven e independiente de Almadía. Si se suma que el autor es Mario Bellatín, significa otro desafío pero éste dirigido directamente al lector.
Como ya es común en los textos de este peruano-mexicano, La jornada de la mona y el paciente se trata de una historia de corta extensión escrita en fragmentos que a lo largo de la narración se van juntando para dar coherencia a una pequeña novela. De nuevo aparecen animales (monos, liebres) y personajes con características extrañas: un psiquiatra que atiende a su paciente ante la presencia de su mujer quien deambula por la casa-consultorio en silla de ruedas.
El punto a resaltar es el ejercicio que el autor realiza en torno al proceso creativo y a la escritura misma. El personaje principal va narrando lo que piensa al momento de estar en el papel de paciente, y después se cambia sutilmente de narrador para seguir contando dichos pensamientos. Con éstas reflexiones se van juntando escenas del presente con las del pasado las cuales describen el origen de por qué el personaje se encuentra en esas condiciones.
Todo empieza cuando el narrador, que tiene características esquizofrénicas, compra una pareja de monos en el mercado de la ciudad. Una vez que llegan a la casa, los animales rápidamente se escapan y algunos miembros de la familia y vecinos van en su búsqueda.
Poco a poco se va uniendo la huída de la mona, la persecución del padre del personaje, su presencia en las consultas y el proceso creativo: “éstas caídas, la del padre yendo detrás de una mona furiosa, pueden ser similares a la no libertad de escritura”. Sin embargo Bellatín va explorando estas cuestiones con una excesiva y fluida libertad que ha generado que lo agrupen con autores como Pitol o Aira, cuyas obras brincan de un género a otro, aunque éste libro no sea el caso.
El joven esquizofrénico se pregunta a lo largo de la novela cuestiones de la escritura, de la trascendencia de las palabras y de la relación entre paciente y reo. Es en estas reflexiones cuando el autor logra sugerir una crítica hacia la escritura y sus interpretaciones.
El autor juega con un narrador que escribe sin escribir, pensativo, limitado por sus circunstancias, las cuales representan las inseguridades que cualquier creador puede tener. Bellatín se presenta en este libro como uno de los autores más arriesgados que lentamente va creando en cada historia, en cada personaje, en cada línea, el universo personal anhelado por muchos.
¿Viste que hay gente que siempre le está haciendo refacciones a su casa, y nunca se dan por satisfechos? Así es Dios. Entre los seres humanos está tan difundida esa manía, que la municipalidad ha tenido que poner aviones para sacar fotos aéreas. Así pueden ver qué reformas han hecho, y ajustan los impuestos.
No es su costumbre,
pero la garza amarilla desplegó sus alas e inició anoche un vuelo nocturno.
No es frecuente en China;
pero a veces ocurre que alguien desarma la Gran Muralla
para que el corazón quede expuesto
y pueda volver a amar.
Yuan Ho. Dinastía Han.
Despedida flotante
Hace once años que partiste.
Nadie toca ese laúd pintado de rojo
pero yo todavía escucho su despedida flotante.
Los caballos pasaron ayer frente a la casa donde vivo;
sin embargo, el coral aún tintinea sobre mi mesa.
La tarde no ha terminado
y el campesino sigue empeñado en el arrozal.
Ni la más severa disciplina logró dispersar la niebla de la mañana,
que conservo en el hueco de mi mano.
Yang Ch'eng. Dinastía T'ang.
Arreglos de paisajes en miniatura
Tomo un puñado de tierra y hago creer a quien mira,
que se trata de una montaña.
Ella toma una copa labrada, llena de agua,
y la convierte en un río.
Ayer la vi
y acordamos transformar algo entre los dos
para burlar a los Seis Demonios del desierto.
Ho Yuan Chen. Dinastía Legendaria.
En aguas bajas
Mis poemas antes tenían
toda la profundidad de la superficie.
Ahora tienen toda la superficialidad
de lo profundo.
Yo sé de la molicie que espera en las aguas bajas.
Llegaron los tíos: Rodolfo, Danito, Gabi y Marce; llegaron los primos: Daniel, Martín, Alan, Ian. Las mujeres llegan más tarde porque se quedaron en la peluquería. Quieren llegar espléndidas, no todas nacieron para princesas, pero hoy van a serlo. Clara, Viqui, Rosario y Rosaura son las tías, incluyendo a la solterona. Nené, la esposa de Rodolfo murió hace tiempo y, de alguna forma, esta fiesta también es para ella. Sabrina, Lila, Clara, Marga, Aldana, Mónica y Beatriz esperan sentadas mientras sus madres y tías se hacen las numerosas cosas que suelen hacerse en un salón de belleza, peluquería o como sea que en estos tiempos se denomina a esos antros de perdición donde se peina, corta, tiñe, decolora, arregla, rebaja, quita volumen, quema y arruina el pelo; donde se esculpen, cortan, pintan, liman las uñas de manos y pies, donde se maquillan, pintan, limpian, acarician y masajean rostros. El decreto ha sido conciso: las mayores podrán hacerse cuantas cosas quieran, las pequeñas sólo podrán aceptar un peinado y con suerte algún arreglo para sus uñas.
Los abuelos están en camino, Paco tiene que acordarse de que más de dos copas lo pueden descompensar pero va a olvidarlo luego de la primera. Después de los setenta, sus años mozos se han acabado pero él insiste en negarlo. El zeide estuvo yendo y viniendo hasta último momento, no sabía qué ponerse, si llevar o no kipá. La fiesta no es tradicional, no se celebra la apertura de ningún mar ni el fin de ninguna esclavitud. La fiesta no es religiosa. Pero para él y para todos, es importante y, si no es sagrada, es porque la alegría con que la afrontan no los ha puesto a pensar en esas cosas que el zeide piensa antes de salir. La bobe ha sido expeditiva, a las seis en punto estaba lista y esperando. No es que le haya llevado poco tiempo, hace semanas que viene especulando qué se pondrá y qué dejará en el cambiador, tuvo en cuenta todos sus posibles estados de animo y terminó por decidirse por un vestido que no voy a describir, no vaya a ser que se ofenda.
También van a ir llegando los amigos. Osvaldo y Graciela con la Santita, Rima, Ayelén y Democracia. Ellos siempre llegan temprano y hay que escucharlos discutir acerca de la educación de los hijos que todavía piensan traer al mundo o de las comidas del próximo mes y cosas por el estilo, que a todos nos parecen inexistentes y para ellos tienen la validez de lo que está pasando. Por supuesto que cuando llega más gente, cada uno se acerca a sus allegados y ya no hay discusiones ni nada que se le parezca.
Tal vez vengan el Cachorro y la Cachorra, que son feroces, guerreros y, en ocasiones, demasiado serios. La que sin dudas no falta es la señora Felicitas, que hace años que se divorció y no ha vuelto a conseguir otra pareja, por lo menos no una con la que no busque venganza de su ex. Le hemos visto decenas de muchachitos, muchachotes, ancianos (por lo menos uno), señores bien, señores no tan bien. Son todos imbéciles, infradotados, malos en la cama después de la tercera vez y, por supuesto, han dicho algo punzante, maloliente, han tirado a herir y ella se ha resuelto a destruirlos antes de dejarlos. Por su anuncio debería esperarse que llegue con Mariana y Borja, pero no sabemos si eso sucederá, puede que llegue con su personal trainer o con su instructor de tenis. Van a llegar tarde, pero van a llegar los Marconi. Ellos se las ingenian para acordarse que se olvidaron a Rocío en la casa cuando están a dos cuadras de llegar o de darse cuenta que Marcos salió sin los pantalones o mil cosas que nadie puede llegar a imaginar. Y es llegar los Marconi y que la fiesta se alegre, porque los que no se ponen a hablar con ellos y a descostillarse de risa, comentan entre sí alguna de las anécdotas más famosas y eso alcanza para que haya más de una carcajada. Los que no sabían con seguridad si venían eran los santafesinos, Luisa y Javier. Ellos estaban complicados porque tienen a uno de los nenes recién operado pero, si el médico les daba la autorización, iban a venir. Son el orgullo de todos, ella es física, de Balseiro, doctorada en Oslo y la mejor cocinera de Brownies de todo el Litoral. Él es director de orquesta, se conocieron en Berlín, mientras tomaba clases con un maestro de viola y ella lo seguía, loca, desde que se habían cruzado en un recital de Sting, en Glasgow. Ahora han reducido su actividad profesional y se han puesto de lleno a hacer vida de casa, con los peques que llegaron tarde pero llegaron y el zoológico que tienen.
Puede que venga la Nana, aunque sea un ratito, porque lo que a ella le gusta es la vida sin ruidos, sin mucha gente, donde se pueda hablar bajito y contar algo, cualquier cosa y preparar un mate y tomarlo y a veces, muy de vez en cuando, fumarse un cigarrillo, como cuando era chica y creía que así iba a conquistar al señorito que pasaba por su casa y de vez en cuando le regalaba una flor.
También va a venir Tomás que, aunque está peleado con la música, desde que le da clases a Juan, se está reconciliando con las seis cuerdas, eléctricas, llenas de efectos y distorsión pero seis cuerdas al fin.
Las hermanas van a hacer de cuenta que se pelean, ahora con cierta complicidad, como trayendo los aires de un rito, del tiempo en que se peleaban de a de veras.
A las once van a llegar las chicas, Susana, Maru, Maje y Leticia. Ellas eligieron llegar tarde porque quieren entrar y así dar comienzo al baile. Ahí va a ser cuando desaparezcas y vuelvas con otro vestido, espléndida y lista para decirle al señor DJ que se inaugura la temporada de patos, que todos se pongan a bailar y que a nadie se le ocurra tirar un tiro, pero que se pueden descorchar cuantos champagnes se deseen. Pero antes, claro, van a hacer una mini función, alguna pieza para los amigos. Y Pancho te va a mirar como cuando te decía reina de la bailanta y vos lo vas a mirar con cara de enojo y, en seguida vas a sonreír, porque aunque sea una función chiquitita, una bailarina no puede dejarse intimidar por el público.
A las nueve, marco el cuatronuevedosveintitrésveintitrés y espero en la puerta.
Cuando me pregunte, le voy a decir que sí, que voy a La Rioja unodostresnueve.
Es sencillo. Un hombre, Jack Radcliffe, presumiblemente fotógrafo de profesión, decide retratar a su hija Alison desde el día que nace. De a poco va completando una historia chiquita, con pocos personajes y una protagonista magnética.
Mientras suena el teléfono y anochece
en la habitación desierta
preparo mi cabeza de comediante para simular
la cobardía de toda una vida
ante un posible mensaje de terror.
No tengo respuestas. La época
creó parálisis ambiguas como esta.
Así crece el error de aquel que llama
apostando a un número muerto
y al crimen de esta omisión que organiza
un fracaso del otro lado de la línea.
¿Me alcanzará, sin embargo, el ajuste de cuentas,
a mí, vuelto de espaldas en la cama,
o inclinado hacia el plato de comida,
cobijando la coartada del sueño?
En alguna parte, el desconocido descubre
su propia apatía moral; escucha el timbre
que se pierde en la oscuridad
escribiendo una página ilegible: cae su rostro
melancólico y vano, dudando
entre aceptar la humillación del vacío
o romper objetos sin porvenir a su alrededor.
Mientras suena el teléfono a través de los años.